Al “jardín de montaña”, así le dice mi pequeña de cinco años.
Ella camina de mi mano, creo más bien, Soy yo, quien camina de su manito.
Va tarareando una canción...
- la la la la- decido no interrumpirla. Mientras salta de piedra en piedra
Vamos bajando una calle mojada por la llovizna de hace un momento.
La primera campana a tocado, estamos sobre la hora, no importa, impera llegar, el camino no es fácil.
- un paso a la vez, recuerda un paso a la vez - le digo a ella que apresura sus piecitos.
Por aquí la nubes suelen descansar sobre las montañas. Allí arriba soltando la vida, sus gotas de agua todo el día.
El camino llena de flores a sus costados ellas amarillas nos acompañan mecidas por las brisa parecen saludarla.
Alguna nube también oyó la primera campana, y se apresura a subir. A cubierto todo de blanco, no es extraño aquí todo cambia en cuestión de minutos.
Mi niña , a ella el inicio de semana no parece pesar va feliz a los saltos.
Ya casi...
A la distancia veo algunos pequeños, llegaron y ya están formados en una fila, de guardapolvos de color bordo.
Llegamos
Ella entro feliz.
Me quedé afuera observando.
Un tras un grueso alambrado me separa del espacio que a ella ahora la cuida.
Pensar que la sostenía en mi antebrazo y ahora ya se despide de su padre.
- chau papi- levanta su pequeño bracito ajusta la correa de su mochilita y camina feliz.
Mi piel erizada aun con abrigo encima hace de mi un manojo que, sin pausa me sacude
Una brisa fría ascendente cruza, besa mejillas mías están rojas.
Mi pequeña indiferente casi ajena a la formación se integra.
Su inicial resistencia después de la cama se desvancecio.
La campana otra vez sonó, está vez más fuerte más veces, el ruido inundó todo el vecindario, rebotando e cada pared el eco volvió desde la ladera en frente.
El caserio aquí arriba va desprendiendo sus habitantes cada mañana sea con nubes o un sol radiante.
Con el segundo llamado, los pasos ya se oyen presurosos. Bajando por escaleras improvisadas con piedras y algunos escalones con ruedas de auto
Las piedras, una junto a otra, mojadas y resbalosas el paso es es una la vez.
Ellas custodian en las alturas el diario peregrinaje
Es tarde lo saben algunos pequeños, con mochilas más grandes que ellos mismos ya casi llegan.
En sus espalditas ruidos plásticos, cargan sueños o quizá las ansias de que sea medio día.
Es tarde
Algunos aún bostezan mientras cruzan la puerta principal de la pequeña escuelita.
Parece que hay más docentes que alumnos.
Según vecinos son muy pocos los alumnos, de seguir así, es posible que la escuelita desaparezca, espero no sea así.
El acto comenzó, es sagrado y aún con un alumno eso se respeta.
El himno nacional...
La música comenzó.
Firmes y derechas como postes, las pequeñas voces lo entonan.
Del otro lado yo tiritando también la canto. Claro! Cómo no si nací bajo esa bandera.
Otra vez, una nube nos envuelve, está vez es muy densa y cargada.
Llega soltando pequeñas gotas frías.
Comienza a caer una llovizna…
como si quisiera ser parte del momento
Pequeñas heladas sobre mi cabeza casi despoblada hace que mis brazos se crucen y mis hombros se encojan
En Tando ahí dentro, nadie se mueve milímetro alguno.
Menos de veinte niños están formados.
—¡Morir antes que esclavos vivir!—
Tras ese último grito,
Casi invisible la bandera ya está en lo alto del mástil.
Con ella allí oficialmente la semana ha comenzado.
Una pequeña escuelita, de techos de chapa y salones en fila pintoresca y acogedora.
Tras el himno un pequeño discurso.
El director con ademanes y gestos
frente sus alumnos.
Alcanzo a escuchar:
Es sobre de la Semana Santa
y su significado.
Un par de pequeños acaba de subir el último escalón, extenuados por el ascenso uno se inclina, sus brazos apoyados en sus rodillas intenta recobrar el aliento..
Sueltan un:
- buenos días- casi inaudible
A mis espaldas pasan corriendo algunos rezagados;
llegarán tarde al trabajo.
—Buen día, buen día— me distraen un segundo
El ruido de los zapatos pisando seco desaparece, el saludo se repite.
Mis ojos vuelven a posarse sobre ella.
Entre el grupo algo me emociona, miro casi atónito.
Una niña, muy pequeña carga una mochila verde, más grande que ella..
Y yo aquí…
quejándome por tener las manos frías.
- Descansen- tras el grito del director todos en ese patio de cemento desaparecieron.
Tambié yo me estaba mojando.