Mientras las gotas gordas se desprenden de nubes pasajeras negras golpeando los toldos, y las chapas movidas por el viento.
Estos contrastes repentinos del cielo son la marca típica de una tarde común en la ciudad de La Paz.
Las veredas angostas casi siempre obstruidas de exhibidores o carteles
Una tormenta con granizo hizo que casi todos tomen una pausa.
Cualquier techo pequeño toldo o rincón sirve para guarecerse.
Yo también me detuve, quizá llamado por los aromas a la puerta de un restaurante.
Adentro, la gente comía indiferente.
El sonido de los cubiertos inundaba el ambiente.
Mesas con manteles naranjas, casi todas ocupadas.
—No tengo hambre… no esta vez—
volteé la mirada al cielo, la cortina de agua no cesaba.
A mis espaldas, el ruido se mezcla con las órdenes que salen desde la cocina—
—dos con fideo, dos…—
ordena el mesero.
Afuera, otra escena poco habitual.
Mientras varios sacian su hambre,
alguien, afuera, desesperado, aprovecha lo poco que puede.
Algún alma empática y bondadosa le dejo comida.
Se apura. Devora lo poco que hay.
Otro, en cambio, solo observa.
¿Vigila…?
o
¿cuida que no cruce el límite?
Su ropa —esa leyenda grande de “POLICÍA”—
robó mi mirada sin pedir permiso.
Fluorescente. Letras grandes.
Un guardia con cola.
El come rápido…
Uno se quedará allí, en el umbral.cual centinela
El otro seguirá su camino.
Cómo yo el mío
Ha dejado de llover.
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