martes, 2 de junio de 2026

Espera..




Una madrugada tranquila.



No veo nube alguna tras el paraíso pálido que da a mi ventana.



Hoy el firmamento nos recibe blancas como las cortinas que caen de ella.



Será un día especial...



Al menos eso creí.



Mientras acomodo en mi hombro la mochila cargada de alguna herramienta, salgo.



Tras abandonar mi casa y cerrar el portón, con las rodillas ya frías comienzo a caminar.



Acabo de doblar la esquina y llegar a la avenida.



El humo de algunos autos y buses llenos de miradas ante mí, cruzan.



La ciudad está despierta!



A mis ojos se abre una tierna escena, me acordé de ella, a un adolescente que, despierto pero indefenso, se apoya contra los hombros de su madre.



- No hay calor mejor que el de ellas ¿no? Esperan afuera de la escuela.



La portera acaba de abrir el portón verde despintado, los niños uno a uno la saludan, y comienzan a entrar.



Cada uno abre su propia batalla.



La escarcha ha dejado dura las hierbas y el pasto, crujen bajo mis pies como ramas secas.



Ya no siento los nudillos de los dedos aun si me los tocara, mi nariz en tanto la percibo roja y congelada.



Mi sombra me acompaña se extiende unos cinco metros, mientras un dorado muy reconfortante me abraza por la espalda...



No puede ser más perfecto.



Un manto celeste se despliega sobre mí.



Pero la realidad no tarda en presentarse.



Un par de personas en una esquina esperan también ellos por aventarse al río de la rutina diaria.



El bus rojo ha tardado esta vez.



Dos de ellas conversan:


- Juanita buen día -sonríe.



- Buenas. Juanita buenas -contesta Ámbar, que ya llevaba un buen rato parada allí.



- ¿Esperas hace mucho?



- Sí -dice Ámbar tras un suspiro largo con resignación.



- Ya pasaron dos para el otro lado -agrega.



- Qué frustración -Ambar mueve la cabeza y baja la mirada.



El insomnio reflejado en sus ojos y en sus hombros bajos expresan el pesar por salir de casa: sus brazos están caídos, casi vencidos.



Ámbar, con sus zapatos de charol negro pulcros brillan, sus tacos cobran un movimiento errático, inquietos, pican la baldosa intentando atrapar más segundos.



La mujer con traje negro formal mira su reloj; no me animo a decir qué número de vez lo hace.



Mira a un lado y luego al otro, agudiza intentando alcanzar lo más lejos que pueda, no es, solo es un camión rojo.



Sus rodillas tiritan pero no de frío, de alguna forma sabe que el universo así, no se podrá inclinar a su favor.



El minutero de su reloj casi alcanza a las doce, casi vertical en esa muñeca.



Los brazos del día están por activarse: el timbre de la escuela está a punto de romper el aire, las sillas de las oficinas listos para rechinarse en la rutina al clavar las 8 en punto.



Justo allí, en medio de la espera gris de la parada, alguien acaba de llegar.



Él corta la tensión saltando como un pingüino con gracia para ganarle la pulseada al frío.



Sus manos se toman una con la otra, apretadas con fuerza, y sonríe con una mezcla de picardía y cierta vergüenza.



Gesticula con un leve movimiento de cabeza y hombro: "no me importa".



Tiene el cabello recién mojado, intenta desafiar las bajas temperaturas de la mañana.



El optimismo y felicidad solo a él hoy parece abrazarle.



Un niño lo mira de costado de arriba para abajo y luego bajó la mirada.



- A mí me obligaron -piensa incrédulo por lo que ve.



Podía estar en su cama cómodamente.



Pero es empujado también él por las obligaciones.



Bosteza y me contagia.



¿Pero por qué, si me tomé yo dos tazas de café cargado?



En su espalda una mochila azul de Súper Mario.



Su guardapolvo blanco cae, como la niebla que se va deshaciendo a lo lejos.



Tras el niño, un joven ha comenzado a tocar un piano en el aire y, con el otro brazo, cual batería, palmea sus piernas.



Con los ojos cerrados y unos audífonos rojos, sonríe y tararea algo...



Ajeno a todo, parece estar en otro plano, otro universo.



Pero quien atrapó mi atención, e incluso logró que pausara mi ruin tránsito, fue ella.



Apoyada sobre un paredón en la esquina, con rayos cortando la poca niebla que se rehúsa a irse, teje.



De su bolsito marrón que cuelga de su brazo sale la lana rosa de algodón.



No solo dominó la paciencia, sino que a los demás que allí parados refunfuñan les hace la contra.



Hasta diría que lo disfruta.



Sus manos atrapan al tiempo en cada trama que captura con esas agujas, no hace nada escaparse de ella.



A sus pies los minutos se acaban de rendir, y bailan como las hojas secas de puntitas con la brisa.



Serena y en calma ella, cual docente de primaria, respira y sigue.



Y de tanto en tanto se levanta los lentes —esos con marco dorados que brillan—, los mira y suspira.



Ha dibujado una pequeña tierna sonrisa, algo de compasión en ese rostro con algunas arrugas.



- ¡Buen día! -soltó con su voz dulce.



- ¡Buen día, señora! -sonrei y pasé con algo de vergüenza.



Casi como encapsulados en un frasco de vidrio.



Vidrio que de pronto estalló con un martillazo algo mucho más grande que solo nuestras diminutas batallas.



Una sirena, no no, no son bomberos, son policías, nos pone en alerta a todos sobresaltados.



Sí, no solo desvaneció cada distracción, todos en esa esquina detuvimos incluso los latidos del corazón por unos segundos.



Acaba de pasar el auto de la policía a toda velocidad.



La mirada and atención colectiva se posó sobre ellos hasta que desaparecieron doblando por la esquina, y por la misma asoma el bus rojo con el cartel blanco que dice "Estación".



La abuela acaba de guardar sus agujas, el resto se acomodan y se acercan al cordón, esperaron...



Como ellos yo también llegar debo.



Unas cuadras después, las luces azules parpadeaban, no son pocas sino muchas.



Mi corazón se hizo grande sin espacio para latir; el pecho pequeño.



Las preguntas comienzan a ahogarme mientras me acerco, pero un policía cortó la calle.



Sus brazos se estiran, su silbato intenta ordenar el caos y confusión.



El aire se hace pesado, escaso.



Una nube azul de luces azules y muchos policías juntos.



Una moto casi a mitad de la calle está tirada con restos de plástico en el asfalto, su rueda trasera aún gira.



La luz de freno quedó clavada.



Detuvo el tiempo, esperó, no de vida.



A unos metros rodeado de muchos pies una chica aún está sobre el asfalto rodeada de agentes.



No se mueve, tampoco hay desesperación pero también esperan...



Del otro lado, la curiosidad en masa observa, indaga, especula sobre el auto negro cerca, con la trompa hundida.



Una sirena no tan lejana de esperanza llena el vacío.



Unas luces verdes se acercan a toda velocidad.



—¡Espacio, hagan espacio por favor!—, bajan los médicos a los gritos.



Ellos sí deben ganar desesperadamente cada fracción de segundo que aún respira.



Tras acercarse, el doctor parece hablarle.



Todos allí soltamos al fin ese aire atragantado.



Esperar o dejar ir un segundo puede cambiar toda una realidad, un mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario