Después de bajar del último tren con dirección a casa, mientras las gotas frías golpeaban nuestras cabezas
Contigo mis brazos y yo bailando. Cuál bailarín clásico, estaba esquivando baldosas flojas.
Caminamos un par de metros, como si esquivar las gotas gordas evitar pudiésemos.
Pero no sirvió de nada hacer esos saltos al son del viento, terminamos con el cabello mojado ambos.
Había que llegar a casa sanos y salvos, pero sería difícil no empaparse
De pronto, parecía que Dios movía los muebles allí arriba. Lo estaba haciendo ya desde temprano ese día.
Estruendos varios y algunos rayos que se desprendían de ese cielo negro hacían más pesada nuestra desventura.
Algo más que agregar? Le hable a ese cielo enojado
El camino al calor del hogar se nos hacía lejana y tardía y el escenario complicaba más aún los pensamientos
Había que esperar que la lluvia se vaya a descansar un poco, nada es eterno no aún ella.
Una luz encendida! Corrimos y entramos agradecidos a Dios ese café aún estaba abierto.
Un pequeño lugar con un toldo pequeño pero muy acogedor
—¿Comemos algo? —pregunté a ella.
—Sí, papá —contestó en voz bajita, resoplando por el frío.
—Vamos a aquella mesa cerca de la cocina.
Esquivamos unas mesas mientras las manos salieron de esos bolsillos humedecidos.
El rechinar de esas sillas de madera de roble denotaba el cansancio en nuestros cuerpos.
Un ventanal gigante daba justo contra la calle.
La cortina de lluvia y algunas hojas de otoño resignadas cruzando veloz por esa vereda nos hizo mirarnos a los ojos!
En silencio nos dijimos, creo: y ahora cómo volvemos a casa.
—Señor, su orden por favor —interrumpió el mesero.
Dame algo que le gane a esta fresca noche, dame algo que caliente a dos almas peregrinas.
Sonrió, ya le traigo un café y tostadas, ¿le parece?
—¿Para la damita? —exclamó con una sonrisa tierna.
—Un café con leche y galletitas —respondí.
Mientras la cucharilla golpeaba los extremos de la taza descazaban mis pies, El sonido de la máquina de café se mezclaba con la lluvia golpeando el asfalto frío, encontramos paz aún sea por un momento juntos
Ya habrá tiempo para trazar la travesía de regreso.
El humo de mi café se eleva al techo, así como mi esperanza concreta de cómo irnos a casa.
Mientras el aroma de las tostadas abría el apetito, te veía a vos más calmada.
Mientras esas galletitas crujían, partidas por esas pequeñas manos, y las migajas caían sobre la mesa, me miraste y, sonriente, dijiste:
—Está rico, papá.
Un momento nuestro, algo íntimo que compartimos sin importar lo anterior, todo aún con esa tormenta rugiendo.
—Despacio, hija, está muy caliente, mi amor.
La preocupación no era solo nuestra, ya que habían otros comensales allí en ese lugar con caras un tanto preocupadas. Ya sea en la misma situación o tal vez dejaron la ropa afuera.
--- sonreí por un instante de pensar en ello
Cómo no, si afuera todo era un caos: árboles doblegados pero estoicos, doblegados pero no vencidos
Pero algunas ramas, rotas, ya la batalla habían perdido, yacían desperdigadas entre charcos de lluvia helada.
No había elección. Entre las opciones que se desplegaban en mi cabeza, solo una fue tomada: la única.
Había que enfrentarla, y con vos, todo se podía.
Aunque con algo de temor y algunos profundos suspiros, luego mis piernas recobraron fuerzas.
Abrimos el paraguas —ese de flores rosas, mediano— y salimos a andar por esos suelos de concreto
Eso sí, había que rogar al viento con súplicas no la doblara.
Vos en mis brazos, aferrada con un brazo a mi cuello y con el otro sosteniendo ese techito florido.
Salimos a conquistar esas calles con alfombras amarillentas.
—Me decís cuando te canses, así te ayudo, amor —dije algo preocupado.
—Sí —respondió con una inocente mirada. Todo ello para ella era una aventura.
—Me cansé —dijo. Y era mi turno.
No habíamos hecho ni cincuenta metros y ella soltó algo a mi alma que se quedará allí, escondido, para siempre.
Pero para mí... para mí, abrazado por la eternidad:
—Ahora es mi turno, no te preocupes.
Sorteamos algunas esquinas inundadas y veredas totalmente oscuras
Exhaustos pero ya más calmados de vivir esa aventura con buen final el corazón dijo:El buen Padre nos cuidó.
Solo una genia y débil llovizna era ya esa tormenta fuerte, cansada como nosotros se fue a dormir
Salvos —y ella riendo— llegamos a casa.
Mis pies mojados y fríos... pero, ¿qué importaba?
Habíamos llegado a casa, y abrazamos el calor que mora en ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario