sábado, 17 de mayo de 2025

Ladrones de sueños


Era una más de esas tardes en que ambos salimos a rodar, para evitar que el aburrimiento tome nuestros cuerpos.

Aunque a veces repetíamos la rutina: ir al parque, tomar un helado, algún dulce... y volver a casa.
Pero ese día no sería una más de esas salidas, sino una aventura que, con algo de vergüenza, me atrevo a contar.

Esa tarde nos fuimos a rodar la vida por calles poco transitadas por nosotros, cantando en idioma un dialecto que solo tu y yo entendíamos.
Tus canciones eran tuyas, y cuando me atrevía siquiera a tararearlas, me callabas.
¡Vaya discusión la nuestra!, mientras la gente, con ternura, te observaba.

Ella, diminuta aún, y ya tiene mi voluntad en sus manos.
Así recorrimos cuadras, alejándonos de casa, mientras la penumbra de la tarde nos acompañaba.
Charlas mediante, cómo había sido tu día, cómo el mío.

Con ademanes y movimientos raros —como artista esculpiendo una figura de arcilla— intentaba explicarte las mil peripecias de la jornada.
Solo algún murmullo me respondías: “Sí, papá”.
Aun así, disfruté y disfruto cada escapada, cada cita nuestra.

Después de haber girado casi toda la ciudad, por rincones conocidos y poco conocidos, era hora de volver a casa.
Un juguito para lubricar la garganta.
Tanta charla había resecado nuestras voces.
Ya en retorno, rumbo a mamá.

Para llegar, había que cruzar un campo deportivo, cuyo límite con una calle oscura estaba marcado por un alambrado muy alto.
Del otro lado, 22 tipos corrían tras una esfera redonda, intentando llevarla entre tres palos, a casa.
Pero habían ignorado una.

Una pelota solitaria, del otro lado, junto al cordón, a oscuras.
¿Algún pata dura? ¿Un defensor que la voló para evitar la conquista del contrario?
Quizá.
Lo cierto es que allí, abandonada, no quedaría.

Seguíamos tarareando "La vaca Lola" cuando doblamos la esquina.
Y vi esa silueta redonda y oscura.
¿Será una bolsa de basura?
¿Quién podría ser tan cruel como para abandonar un balón?
¿Qué culpa tenía ella del festejo de unos y el tormento de otros?




¿Qué tenía que ver con el gozo, con la alegría, con la burla?
Y los que perdieron, sumidos en enojo y resignación, miraban del otro lado, mientras se lanzaban acusaciones de no haber puesto más ganas.
Mil conjeturas en treinta metros, mientras mis piernas se preparaban.

Nos acercamos, y esa silueta se convirtió en algo que, a mis ojos, brilló como una estrella.
La miramos sin saber qué hacíamos. 

Claro y  y peor me obserbavas diciéndome , y ahora ?? Me llevas o también me vas abandonar !!

Vas a permitir que otro pata dura me maltrate en pos del buen futbol ? Vos también ??

 Y me tente al tocarte nueva con los gajos lisos y el olor a nuevo  mis dedos en ella me llevaron a esos tiempos, a   aquellos en una quinta abandonada de pibe disfrutaba 

Extendí la mano y la abracé como si, otra vez, fuera un niño que obtiene algo tan deseado.


¡Qué vergüenza siento!
Acelerar de 0 a 100 en diez metros debe sentirse así, dije después.
Por cómo escapamos, parecía que habíamos visto un fantasma.

Pero en realidad era la culpa, incrédula, por nuestro acto lleno de malicia.
Eso fue lo que se quedó en ese lugar, mirándonos impunes.

Habíamos robado los sueños de alguien.
O quizá de su grupo de amigos que lo esperaba en esa cancha.
Quizá privamos a un niño de acariciarla con esos pies pequeños, creyéndose un Maradona.

Nadie se percató de su falta.

La culpa nos gritaba:
—¡¿Dónde van?! ¡¿Qué hacen?! ¡Vuelvan!

Bueno…
Creo que la adopté al final.
Y ella también.
Porque el grito de "¡Goooool!" ya es música en casa

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