Acabo de despertar y con esfuerzo sobrehumano, logro asomar desde mi cama.
Como una tortuga saliendo de su caparazón.
Cubierto con una manta heredada esa que cuenta los años e historias varias.
Cada trama guarda el amor y la paciencia de las manos quien la tejió.
En ella cada figura dice algo.
Líneas como caminos, otras que parecen serpientes hablan de los ríos que cruzan las montañas.
Con lana de oveja teñida con tintes naturales, es una herencia de la abuela,
De colores vivos; rojos, púrpuras,violetas, amarillos,
Apenas moverme me deja, como un abrazo de calor, que no quiere que la deje.
Pataleo y pataleo hasta que por fin safar de ella puedo.
¡No me gusta! Pero el amor de madre no conoce de gustos, sino solo de cuidados.
De madrugada el clima es intenso..
Mi pequeño cuerpo se resiste, guarda calor y también algunos minutos.
"un ratito más". Dicen ellos, mientras acurrucan en mi espalda.
En cada ajuste, en cada línea de hilos hay un legado que cuentan sobre mis raíces.
Herencia de la abuela, dice mi mamá.
También ella teje una, en el patio de casa.
Logré con mucho esfuerzo sacar los brazos.
Afuera, las sombras se desvanecen lentamente.
La luz, que va llegando de a poco, revela las montañas que saludo, una vez más
Mi ventana, con vidrios pequeños y marco de madera agrietada, me dice algo: "¡ya es hora!"
El ambiente se tiñe de grises y azules.
Logro verlas casi a detalle, bello paisaje el que me rodea.
Conozco algunos de sus senderos, y descubro otros nuevos cada tanto.
Bajo mi cama un suelo frío , tanteo con los pies mi calzado.
¡El sueño irse no quiere! Tiene frío, claro si lo arranqué de su tranquilidad temprano...
Mis pequeños huesos truenan.
Tras un bostezo largo, estiro mis bracitos cortos y de a poco comienzo a despertar.
Me siento un ratito más al borde de la cama, pienso que haré hoy.
Aunque nunca hago lo planeado.
Tras unas vueltas por el cuartito, queriendo retardar algo que yo mismo sé que voy a hacer.
Cada tanto asomo una y otra vez, espero una señal.
*— *
Aún siento ese frío en el rostro mientras cuento esto, con la piel erizada.
El solo hecho de abrir esa puerta y enfrentar un aire que congelaba.
Mis manos temblando, buscando cuánto bolsillo encuentre para guardarlos.
*— *
Camino hasta la puerta de mi pequeño dormitorio.
No sé qué me encuentre del otro lado.
Oh no!.
Está todo blanco .
Una brisa invade mi pequeño espacio, hace que me encoja, esta intenso.
Volví adentro tras un portazo, busco abrigar mis manitos y mi cabeza.
Tomo el abrigo, un viejo saco que me regaló mi abuelo.
Antiguo quizá, pero calentito y muy cómodo.
En mi cabeza un gorro de lana que tejió mi madre, y unos guantes, y por las dudas agrego una bufanda.
Claro el poncho no debe faltar, también tejida a mano, nunca hay que subestimar el clima
Toca enfrentarlas a ellas imponentes algunas.
Las altas parece que se sacudieron de las sombras, para recibir los primeros rayos.
y otras más lejanas de a poco se va bañando de un color rojizo fuego.
MEs la señal!, sí, es la señal.
¡Él también ya despertó!
Decido salir a su encuentro.
—No importa cómo, pero quien llegue primero esta vez seré yo!!— Repito en voz baja.
Ya en el patio de casa y en un rincón, mi madre solo me mira mientras rompe algunas ramas secas.
Avivará el fuego de su cocina a leña. Un
Ese que parece eterno, nunca se apaga.
Entre diálogos con ella misma y con su amigo, un pequeño perrito negro.
¡Muy negro!
—Ve y levanta a Luisito, se quedó dormido otra vez— Él solo le mueve la cola, lo mira como entendiendo todo.
Cachito, así le puso mamá.
Un pequeño perrito robado a esas noches sin luna ni estrellas.
Y que ella había tomado un pedacito, y lo pidió para cuidarme.
—¡Cuídate mucho! Ya sabes, es un pasito a la vez, y cada uno debe ser seguro—, mi madre me ordena.
Siempre pisa dos veces antes de seguir.
Ella conoce mejor que yo la cuesta a dónde voy.
Mis pasitos se aceleran, no es ansiedad sino para calentar un poco mis piernas.
Con tan pocos años encima, ya no era solo rutina, sino algo personal con él.
¡No esta vez, no!
Ayer llegó antes, hoy no será así, hoy no...
Aunque tal declaración interna pierde peso a veces.
Claro, si me distraigo con cualquier cosa en el camino.
A mis espaldas, mi casa va quedando atrás.
A unos 100 metros desde las sombras saliendo del rio una Figura emerge.
Algunos arrancan con la luna despidiéndose de madrugada
Un hombre con poncho grande pico en el hombro, Y su sombrero.
Era mi tío...
—¡Hola Luisito, vas a subir?— me pregunta un tío que vuelve a casa.
—Sí—, contesto yo con total determinación —
Cuídate, hijo—, me aconseja con ternura.
Antes que comience el ascenso, me dio alcance Cachito
Sus patitas son cortas, -a dónde vas sin mi vos- parece decirme con su colita
Y ahí va.
Mientras le gruñe hasta al mas pequeño insecto. como diciendo: soy el alfa de la calle.
Dos almas, vamos a un nuevo ascenso , una nueva aventura juntos.
Claro, él la tiene fácil, va bajando, pero yo debo subir allí cuesta arriba.
Hicimos ya algunos metros, mi naríz está roja mi mejilla arde pero no importa.
Vamos ganando altura.
Ya veo los techos de las casitas del pueblo.
Mis rodillas y mis tobillos se van calentando.
Cachito va cuidando mis pasos.
Mi amiguito de tanto en tanto se sienta con vista al pueblo.
Se asegura de que vamos en dirección correcta, y de tanto en tanto suelta un ladrido esos que espantan el miedo.
Subir no es fácil, tiene riscos y algunas pendientes y terreno suelto.
Además de cactus con enormes brazos, detenidos en el tiempo, parecen estatuas congeladas.
Más de una vez perdí una bufanda al cruzar entre ellas o mi gorro robarme ellos quisieron.
Al paisaje lo completan arbustos espinosos, en sus ramas con clavos bien afilados cerrando el camino.
Cruzarlos siempre es un desafío no apto para ansiosos.
Mamá siempre elogia mi paciencia.
Ante este problema mi calma prevalece, aún cuando quitarme el abrigo intentan
—tenemos frío, danos al menos un guante— extienden sus espinas.
Paso a pasito vamos conquistando cada metro de altura.
Mamá tiene razón, un terreno flojo requiere probar mi peso antes de seguir con el otro pie.
Bajo ellas se desprenden piedras ruedan sin control alguno para abajo.
Saltan sobre algunos arbustos, y se estrellan sobre rocas del tamaño de una casa.
Es tal el estruendo que despierta algunas aves, y ellas salen asustadas.
Parece que las desperté antes de tiempo.
Mi inocencia hace que ignore el peligro latente.
Cachito sigue mis pasos, me observa cada tanto, confía en mí.
Sus ojos redondos parecen decirme - tranquilo, estoy contigo-
Pequeño ingenuo e inocente, ignoro el alto riesgo de mi aventura o travesura.
Algunos son peligrosos y otros no tanto.
[...,] no entiendo, no me entra en la cabeza.
Cómo es posible que un niño se exponga a esto.
Que es, lo que me llevaba a esas alturas solitarias.
Quizá la curiosidad.
Le pregunté mientras escribía esto.
Y me contestó ese niño.
-Dile a un aventurero que evite los caminos difíciles- con el rostro serio!
Soy curioso lo sabes, aún lo eres no?
Se dió vuelta como si se hubiese detenido para encontrarme en el tiempo.
Se dió vuelta para seguir su sendero y se perdio entre las enormes rocas.
Me quedé duro como una de ellas.
Hasta que escuché su grito -.venis o no!-
Así que aquí vamos, ¿me acompañas?
Miedo? Claro que lo tengo.
Pero aprendimos a dominarlas con el tiempo, y a conocerlos
*------*
Mi propio sendero guarda mis huellas.
Llegar no siempre fue fácil, pero estamos cerca.
Seguimos, ahora toca cruzar algunas riscos bajo ella decenas de metros.
Algunas raíces que cuelgan ente grietas de otras rocas sirven como un pasamano en los riscos
La vida se supo abrir aún este hostil terreno.
Estoy algo cansado
He tomado un descanzo una pausa y mientras te veo, te oigo, siento las tostadas que te acompaña y aroma de tu café!
Y tú qué me lees lees esto, dame una mano!.
La rama que cuelga no es segura, ¡tú, sí tú!
¿Estás cómoda/o?
Aquí arriba corren brisas mucho más heladas que en casa.
Ya casi, aunque me siento agitado , el aire cuando lo quiero parece haberse quedado también dormido.
Aunque estoy lejos veo el patio de casa, y desde allí cada tanto mi madre me observa.
Es sorprendente la visión aguda que ella tiene, siento su mirada, y me tranquiliza
Ya casi.
Pero antes debemos rodear una gran roca que hace equilibrio en un acantilado.
Unos metros más que para mí son interminables.
¡Lo logramos!
Debo descansar un poco y recobrar el aliento.
Aquí arriba me siento un gigante más, todo a mis pies es diminuto
. Escucho algunos gallos, muy lejanos despertando.
De a poco de cada casa se va desprendiendo un humo blanco.
El río que rodea el pueblo comienza a brillar como un espejo.
Y de pronto, y sin darme cuenta, ¡Él me abraza!, y mi cuerpo lo disfruta.
Me encandila con su presencia.
Sus brazos cálidos llegando por doquier.
Cómo un artista que va pintando de color cada rama, flor, piedra o árbol a su paso.
Algunas mariposas revolotean ya, también abren sus alas
Todos abrazamos y abrimos emocionados ese paquete del nuevo día sin saber que nos depara.
Un regalo un privilegio, un obsequio del Eterno!
Las flores silvestres, y las grandes esas amarillas y rojas en lo alto de los cactus, cobran brillo y color.
Todas hermosas!!
Ellas abrieron sus pétalos de felicidad.
¡Todos lo saludan! No soy el único que se alegra.
No muy lejos en un risco cercano, unas vizcachas se unen a la fiesta.
Hay pequeña brisa de aromas silvestres , casi no se percibe, pero se siente, me acaricia
Cierro los ojitos y un gran suspiro abriendo los brazos como un cóndor.
Todo se va bañando de dorado.
Llevo sentado un buen rato observando este festejo multitudinario.
Cachito, junto a mí, observa el paisaje desde las alturas.
Ahora toca bajar, ¿me acompañas? ¡Sí, te hablo a ti! También eres parte de mi aventura.
El descenso es menos costoso Pero no fácil.
No estamos solos, el sol nos acompaña.
Soy su escolta y de cerca lo llevo , sino este se esconde tras alguna nube.
Es muy travieso y juguetón mi amarillo amigo.
Un resbalón y no la cuento.
Mis cicatrices varias de colección, son testigos de cuánto gusto tengo por esto.
Mi amigo está apurado , - no me dejes aquí arriba- le grito.
Claro, si es que no me quedo mirando los picaflores.
Ellos, llenos de vida sobrevuelan inquietas sobrevuelan la vida de colores.
| foto por Lilian C. |
El señor sol ha inyectado vida a todo ó que a su paso encuentra.
Las abejas, las mariposas lo saludan.
De la misma forma algunos pajaritos pio pio, pio pio...
Por aquí y por alla!.
Ya casi al pie de la montaña otra vez.
Mi ansiedad de llegar a casa crece.
Ya siento ese aroma a té de cedrón, quizá a rosa de pascua, menta, cedron talvez.
El pueblo también recobró vida.
La vida y su gente tienen muchas pausas, al tiempo no lo apuran sino lo disfrutan.
Todos comienza su jornada. Y avivar su mundo propio.
Cachito también está contento, sabe que llega a casa.
Entrar en ella es algo que en palabras mucho no puedes expresar.
Solo diré que el corazón entra en una pausa de calma total, se relaja es un mimo, un masaje al alma
El sol cachito y yo nos quedamos un buen rato en en el patio.
Mientras el jardín de mamá, suelta cientos de aromas, árboles frutales de limón peras manzanas .
Y si!
-Llegaste como te fue?- me pregunta mas tranquila.
- cuidado está aún caliente- me advierte ya que mis manos casi heladas encuentran ese calor que todo lo llena.
En el patio como en el jardín margaritas rosas y claveles y varias plantas sueltan aromas y perfumes.
Quizá es su gratitud por haber llevado a sol a casa.
¡ Una vez más!
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