En una mesa de cocina,
Esta mañana para alguien será la últimaLa ventana entreabierta deja entrar una pequeña
brisa en un ambiente con aire muy triste.
Este ondea muy suavemente el humo que se desprende del café de ese recipiente.
La cortina muda y en shock aún, siquiera se atrevió a flamear saludando a los que allí frecuentan conversando mientras todo arranca.
Sobre el marmol beige, una taza tiene una mortal herida.
Una fisura irreparable.
Por ella pequeñas gotas negras brotan
Ha perdido la batalla.
Ya no era joven, ese cuerpo de señora con las manos en la cintura; había sido maltratada.
Quizá accidentalmente golpeada
Es posible, ella ya era alguien mayor.
A su lado, una cucharilla, algo preocupada,
La observa con mucho pesar.
—¿Fui yo? —pregunta—.
Por favor, dime que no fui yo…
Su voz tiembla.
—Estarás bien, ¿verdad? —agrega,
Casi al borde de las lágrimas.
El día está gris, casi negro; usualmente, suele sumarse el sol a esta rutina.
No quizo ver lo que ya sabía.
* Será negro el día mientras observo y leo el diario.
Alertan sobre fuertes tormentas, la humedad empañó mis anteojos.
Quería algo para despertar pero...
Tendré que salir a buscar un reemplazo.
Fue un preciado regalo de mamá*
Va a llover...
Del otro lado, aún caliente
y llenando con su aroma el ambiente,
El pan tostado en platillo blanco consuela:
—No, no fuiste tú, pequeña cucharita.
Ella levanta la cabeza.
—Entonces… ¿Qué fue?
El pan, tras un suspiro largo y resignado,
declara:
—A ella la alcanzó el tiempo,
Ese que no perdona
Hoy ahora, a ella le toca irse.
La taza había sido un soldado.
De muchas mañanas para pelear mano a mano al insomnio... El récord es impresionante.
Había sido cómplice
de charlas interminables
Y de pensamientos profundos.
Pero esta batalla fue la última, su despedida.
¿Quién eres tú?
¿Eres la taza, a punto de colapsar?
¿Eres la cucharita empática, la que siempre está?
¿Eres el pan que consuela?
¿O eres el abuelo que termina su duelo y deja ir en paz lo que ama?
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